Milagro de Navidad

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Milagro de Navidad

Mensaje por Admin el Lun Dic 22, 2008 11:54 pm

Milagro de Navidad

Que el hombre no es guerrero por naturaleza lo demuestra este
extraordinario relato, que tuvo como escenario los campos de batalla de
la Primera Guerra Mundial. Un milagro de navidad que en los tiempos
actuales sería casi impensado de realizar, y que remite a un
espíritu en extinción, donde la maquinaria de guerra no permite
cuestionarse acerca de las verdaderas motivaciones que llevan a los
hombres a enfrentarse en conflictos bélicos donde matar al otro, es
la consigna a seguir.
El entusiasmo con que los países europeos partieron a la guerra en
agosto de 1914 se esfumó para diciembre de ese mismo año
después de un millón de muertos. Y para Navidad, el desencanto se
hizo sentir de un modo único en la historia bélica: una oleada de
paz que comenzó con un villancico recorrió todo el frente,
llevó a los soldados de ambos bandos a sellar una tregua contra la
voluntad de sus superiores, trepar de las trincheras y encontrarse
desarmados en esa tierra de nadie sembrada de cadáveres. Ahí,
durante dos días y a lo largo de cientos de kilómetros, miles de
alemanes y británicos intercambiaron regalos, tomaron champagne,
cantaron villancicos, armaron arbolitos, se cortaron el pelo, jugaron al
fútbol, cavaron tumbas, rezaron juntos y enterraron a sus muertos. La
decisión de los generales terminó con esa paz espontánea
largamente ignorada por los historiadores y cuya impronta más
indeleble sobre la faz de la Tierra es haber hecho mundialmente conocida
la canción "Noche de paz, noche de amor". En el flamante La
pequeña paz en la Gran Guerra, del que Radar traduce algunos
fragmentos, el alemán Michael Jürgs reconstruye esos pocos días
de paz durante la Primera Guerra Mundial a los que conspicuamente se
opuso un ignoto cabo llamado Adolf Hitler.

Por Michael Jürgs

Al principio es uno solo el que canta "Noche de paz, noche de amor". La
melodía del nacimiento de Cristo suena baja: perdida, se mece en el
paisaje muerto de Flandes. Pero luego el canto comienza a encenderse
como una ola sobre el campo, y "rifle contra rifle, desde la línea
larga y oscura de las trincheras suena el todo duerme en derredor". De
este lado del campo, a cien metros de distancia, las posiciones de los
británicos permanecen en silencio.

Los soldados alemanes están de buen humor, canción a canción se
alza un concierto de "miles de gargantas de hombres a derecha e
izquierda", hasta que se quedan sin aliento. Cuando se apaga el
último tono, los de allá esperan un minuto y empiezan a aplaudir y
a gritar "Good, old Fritz", o "More, more". Los alabados Fritzes
contestan con "Merry Christmas" y "We not shoot, you not shoot".
"Nosotros no disparar, ustedes no disparar". Y lo dicen en serio. Ponen
velas sobre la punta de sus bayonetas, que sobresalen casi un metro por
encima de las trincheras, y las encienden. Parecía la iluminación
de un teatro, le escribirá un soldado inglés a sus padres. Con el
escenario así iluminado, acaba de realizarse el ensayo general de la
obra que se desarrollará en la frontera oeste durante los días
siguientes. Acá y allá y en todas partes, desde el mar del norte
hasta la frontera suiza.El Intendente celestial produjo para Flandes las
mejores condiciones metereológicas. Al caer la noche de este 24 de
diciembre de 1914 –y la oscuridad ya llegaba a las cuatro y media de
la tarde– el viento cambió de dirección. Un cielo estrellado
"nos saludaba desde la casa del Todopoderoso" y la suave luz de la luna
llena "prestaba al bello y amplio paisaje a lo Rembrandt de Flandes una
impresión de agradable paz". Gloria a Dios en las alturas, paz para
los hombres en la tierra, anuncia el Evangelio para este día. Pero
ante la evidente ausencia de una autoridad divina en la tierra,
espontáneamente alemanes e ingleses (y, con mayor cautela, franceses
y belgas) deciden no dispararse entre ellos. Nunca antes en la historia
de una guerra surgió una paz así, de abajo. Nunca más volvió
a repetirse. En 1914 no hubo en la frontera uno o dos casos de paz, en
realidad hubo un espontáneo movimiento pacifista a lo largo de
cientos de kilómetros y miles participaron de él. Esta gran
historia de Navidad está formada por muchas pequeñas historias.
Miles de cartas la describen detalladamente. Hay que contarlas todas.
Sólo así ocurre el milagro.

Fotos del encuentro entre ingleses y alemanes en la No Man´s Land
tomadas por el soldado anglosajón Turner (abajo, en el centro, con
anteojos). No Man´s Land, tierra de nadie: entre las trincheras yacen
durante meses los cuerpos insepultos de los soldados caídos antes de
festejar la navidad de 1914, sus compañeros acordaron enterrarlos.

Piezas de un rompeguerras

La paz de los de abajo empezó algunos días antes con medidas
pacifistas. Por ejemplo en Armentières, detrás de la frontera
belga. Los alemanes de origen sajón, en lugar de tirar granadas de
mano, tiraron tortas de chocolate. Adentro, había un papel escondido.
Los alemanes preguntan si no es posible declarar una tregua para esa
noche entre las 19.30 y las 20.30. Su capitán cumple años y
quisieran dedicarle una serenata. Los ingleses accedieron. Es más: se
pararon al lado de sus trincheras, escucharon la música y hasta
aplaudieron. Para que nada saliera mal, después de una hora los
alemanes dispararon un par de veces al aire para anunciar el fin de la
fiesta. Esto muestra que se toleraban treguas espontáneas. Una guerra
en la que los soldados están durante meses a la distancia de un grito
los unos de los otros tiene sus propias leyes, y crea su propia
cercanía.

El soldado voluntario Goldschmidt, que hablaba perfectamente inglés,
descubre tras interrogar a un prisionero que un pariente suyo se
encuentra en la trinchera de enfrente. Su cuñado, que vivía en
Londres, era jefe de una compañía inglesa. Por eso es que los dos se
entendieron enseguida en esa Nochebuena. Desde ahora no se dispara
más, y cuando los alemanes arman su acostumbrado arbolito y cantan,
los del otro lado "la pasan bomba y nos desean feliz Navidad". Los
alemanes les tiran regalos a los ingleses y reciben a cambio galletas y
corned beef, los otros quieren principalmente queso, pan negro y
bizcochos.

El artillero de la brigada London Rifle piensa que los de allá se
volvieron locos. Además de velas, los alemanes encendieron
lámparas de petróleo iluminándose a sí mismos, algo que en
circunstancias normales equivaldría a un suicidio. Un hombre de su
propia compañía también parece haberse vuelto loco: "Uno de los
dementes de nuestro regimiento salió de la trinchera y empezó a
caminar hacia las líneas alemanas". Ese loco se llama Turner y se
encuentra con un alemán en el medio de esa extensión de tierra
entre ambas líneas de trincheras que pasó a la Historia con el
nombre de No Man's Land (NML, Tierra de nadie). Turner es chicato. Pero
esta noche no importa, la luna está lo suficientemente clara y
alcanza para reconocer las sombras. ¿No tiene miedo de que le
disparen? Puede ser. Nunca lo sabremos. En todo caso, se sabe que Turner
sobrevivió a su excursión. Porque al día siguiente hizo
historia: el Día de Navidad se llevó su cámara de bolsillo a la
NML y fotografió a dos alemanes junto a dos de sus camaradas.

Atrás, en algún lugar, un par de ingleses cantan el himno nacional
de su país. Los sajones del otro lado los aplauden. Luego piden una
canción, y los otros acceden al pedido. Un poco más arriba, un
mensajero alemán lleva un árbol de Navidad hasta la frontera
enemiga. Al tomarlo, los ingleses encuentran un papel proponiendo una
tregua navideña. Se encuentran a medio camino para ultimar los
detalles.

En Pervize, entre Nieuwpoort y Diksmuide, las tropas alemanas levantaron
un cartón por encima de su trinchera: instaban a los belgas a olvidar
la guerra por al menos una hora. Una sola hora de paz. Después, cada
cual podría volver a su posición. El teniente Naviau, jefe de la
división, no lo piensa mucho y acepta. Más tarde perdería por
ello un ascenso a oficial.

"Festejamos Navidad juntos como hermanos. Los alemanes nos trajeron
regalos, nosotros no teníamos nada. Ellos incluso ofrecieron vino."
Después empieza de nuevo, más bien sin ganas, el tiroteo cotidiano
de un lado al otro.

Los alemanes ofrecieron una tregua. Pero la cosa no quedó en los
acostumbrados intercambios de galletas por pan, pudding por tabaco.
¿Gustarían los Gentlemen tal vez un poco de cerveza? El
depósito de la cervecería estaba lleno y no, no tenían por
qué preocuparse, no es que los quisieran emborrachar, se trataba de
una cerveza muy liviana. Los ingleses dudaron, pero no mucho. Venga esa
cerveza.

Sin esperar respuesta, pues a último minuto podría haber venido la
orden de quedarse en las trincheras, los soldados trepan al alba de sus
trincheras. Al principio son cientos, pronto serán miles. Se
encuentran en campos sembrados de muertos, llenos de pozos y
cráteres, con enemigos a los que, dos días antes, les hubieran
disparado de sólo verlos. La Tierra de nadie se convierte en Tierra
de todos.

El entendimiento no es casi nunca un problema. Muchos soldados de
infantería hablan inglés porque ya estuvieron alguna vez en
Inglaterra. Los voluntarios aprendieron la lengua del enemigo en las
escuelas de las que pasaron, sin escalas, a esta guerra que nadie
creía posible.

Además de la calma conjunta antes de la próxima tormenta,
además de la sensación de estar entre hombres que comparten un
mismo destino, la paz de Navidad sirvió de forma bien práctica. En
algunos lugares los enemigos llegaron a intercambiar herramientas, pues
el día fue utilizado para reforzar las posiciones. También esto
fue parte de la locura. Nunca en la historia de las guerras ocurrieron
hermandades de este tipo. "Fue lo más hermoso de la guerra", dijeron
más tarde los testigos en los diarios ingleses. Aunque por orden de
arriba la paz no duró mucho, el hecho de que haya tenido lugar es "la
mejor y más conmovedora historia de Navidad de nuestro tiempo", como
dijo el historiador inglés Malcom Brownen en su libro Christmas Truce
(1984), el primero que trató el milagro en la frontera occidental.
Pero no fue sólo la Navidad de los de abajo. También los oficiales
estaban hartos. Por eso hicieron la vista gorda o directamente
participaron del armisticio que sus subordinados empezaron sin pedirles
permiso.

Desobedecieron las órdenes de sus superiores, pero por las dudas
escribieron en sus informes que sus hombres rechazaron virilmente
cualquier intento de amistad. Eso podría explicar por qué algunos
historiadores, basándose en esos documentos, ni tratan el tema, o
sólo lo mencionan en una nota al pie. Sin embargo, la paz navideña
de 1914 no fue una aparición aislada, sino un movimiento de masas.
Eso se pudo ver después de la fiesta. Y se usaron todos los medios
para presentarla como un asunto marginal, sin importancia.

El entusiasmo con que los pueblos europeos partieron como borrachos a la
guerra en agosto de 1914 se esfumó para diciembre de ese mismo año
después de un millón de muertos. Se ahogó en sangre. No es un
milagro que ocurriera uno en Navidad. No es un milagro que los alemanes,
en lugar de su himno de sacrificio "Deutschland, Deutschland über
alles" cantaran la canción de la "Noche de paz, noche de amor". Una
hermosa melodía, un texto sentimental, por esa época sólo
popular en Alemania y Austria. Pero como fue el himno de la paz
navideña en Flandes se hizo famoso después de esa primera noche de
tregua bélica.

Todas las voces todas

El estudiante Rickmer en una grabación que guarda el Imperial War
Museum de Londres: "Tomamos una champaña en la NML, fumamos y
conversamos. Fue un momento de hermandad en el sentimiento compartido de
que debíamos parar esta guerra de una vez por todas. Los generales se
enteraron después e hicieron todo lo posible para que algo así no
volviera a ocurrir jamás".

Anota un inglés: "Estaba lleno de gente. Intercambiaron regalos de
sus respectivos países. Hablamos alemán e inglés y nos
entendíamos sin palabras. Nos señalábamos mutuamente dónde
estaban colocadas las minas. No teníamos con nosotros ni un
cuchillo".

Recuerda Carl Mühlegg, a sus 80 años: "Los soldados treparon de
sus trincheras y se encontraron en la NML, soldados que no se hicieron
nada y que no eran enemigos personales, que tenían padres, mujeres e
hijos en casa y que ahora, en el milagro de Navidad, en el mito del
nacimiento de Cristo, se hacían regalos mutuamente e intercambiaban
apretones de manos".

El general brigadier Edward Graf Gleichen: "Salieron de sus trincheras y
caminaron alrededor con paquetes de cigarrillos, deseándose feliz
Navidad. ¿Qué debían hacer nuestros hombres? ¿Disparar? No
se puede disparar contra hombres desarmados".

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Milagro de Navidad

Mensaje por Admin el Lun Dic 22, 2008 11:59 pm

El cabo Adolf Hitler estaba en Wijtschate. Cuando la paz se presentó
tan inesperadamente en Navidad, le dijo furioso a su camarada Heinrich
Lugauer (batallón de reserva bávaro número 16) que el encuentro
entre ingleses y alemanes en la NML debía ser duramente desaprobado.
A Hitler le resultaba inadmisible que los soldados de ambos bandos se
encontraran para darse la mano y cantar canciones de Navidad en lugar de
disparar los unos contra los otros.Un soldado francés: "Queridos
padres, no pueden creer las cosas que pasan acá en la guerra. Ni yo
las hubiera creído de no haberlas visto con mi propios ojos. Anteayer
se dieron la mano frente a nuestras trincheras alemanes y franceses.
Increíble".

"Si los soldados enemigos se hubieran entendido en la misma lengua y no
sólo mediante cantos corales", le escribe un joven fusilero a su
madre, "quién sabe, quizá se hubieran puesto de acuerdo
rápidamente por sobre las trincheras: guerra estúpida.
Vayámonos a casa. Mientras podamos ir y no que nos lleven".

Un oficial francés: "Hay que haber vivido esa noche para entenderla.
Hay horas en las que uno puede olvidarse de que estamos acá para
matar". Un teniente mayor alemán: "Desde las fosas francesas, a unos
cuarenta metros de distancia, aparece de pronto un quepi. Eh, camarade
allemand, pas tirer, brout, brout, des cigarretes. Un mosquetero
alemán salió enseguida de su fosa y gritó: Bonjour, Monsieur.
Le tiró su pan negro y el francés sus cigarrillos".

Hay que imaginarse, escribe el capitán alemán Josef Sewald, ¡al
fin y al cabo estamos en guerra! En el primer día de Navidad había
un peluquero que cortaba el pelo por un par de cigarrillos, no importa
de dónde viniera el soldado, de un lado o del otro. Y más. Muchos
enemigos se cortaban mutuamente el pelo. A lo largo de todo ese 25 de
diciembre de 1914 se repitieron escenas igual de desopilantes y
encuentros absurdos en la frontera occidental de Flandes.

Entre toda esa alegría era horrible pensar, escribe un soldado, que
un día se puede estar en paz con los otros y que al otro hay que
matarse mutuamente.

Escribe el capitán mayor sajón Johannes Niemman: "Después de
los cantos toda la guerra pareció hundirse en una suerte de paz
burguesa, por todos lados se daban la mano... ¿Es que de pronto
había estallado la paz? Enseguida estuve parado en el medio del
tumulto. ¿Qué se podía hacer?". Niemman no puede hacer nada.
Entonces toma parte en el festejo. Emil Curt Gumbrecht, de la quinta
compañía del regimiento 104: "No suena un disparo en todo el día,
y uno se pregunta si no es de esperar que pronto llegue la paz".

"Fue un golpe, como si la guerra hubiera acabado de repente."

"Los pájaros volvían de todas partes. Nunca vemos ninguno. A la
tarde conté como cincuenta gorriones y les di de comer."

La Navidad estuvo marcada por estas sensaciones

En tierra de nadie

Desde la oscuridad de la otra trinchera alguien grita que tiene algo
importante que decir. "Hay treinta muertos de los suyos delante de
nuestra trinchera. Quiero organizar su entierro para mañana. Estoy
solo y desarmado."

Ahora se puede ver al hombre que hablaba. Cientos de fusiles lo apuntan.

Entonces un inglés trepa de su trinchera y va hacia el alemán. Se
encuentran a medio camino. Hablan entre ellos. Los francotiradores bajan
sus armas. Al volver trae un paquete de diarios alemanes, porque él y
algunos de sus colegas dominan el idioma del enemigo. Arreglaron para
enterrar al otro día a los muertos que yacen hace semanas entre ambas
trincheras. Como señal de buena voluntad, cuenta el británico a
sus camaradas, los alemanes saldrán de sus trincheras a las nueve en
punto de la mañana, armados nada más que con palas. Un par de
kilómetros más allá hay más que un par de velas. Los
soldados ingleses no creen en lo que ven: sobre las trincheras enemigas
brillan los tradicionales arbolitos de Navidad, algunos adornados con
linternas. Varios alemanes toman las linternas y avanzan por la NML;
algunos francotiradores ingleses proponen apagárselas a los tiros.
Uno empieza a disparar, pero después del primer tiro se escucha "en
muy buen inglés" por qué no charlamos en lugar de disparar. Se
encuentran en la NML. Es un grupo pequeño. Lo iluminan las linternas,
por si a alguno se le ocurre hacer un falso movimiento. De vez en cuando
se escuchan risas. Parecen entenderse. Se separan a la media hora, bajo
los aplausos que se elevan desde ambas trincheras.

También ellos arreglaron enterrar a sus muertos al día siguiente.
Su presencia les pesa en las almas. Como si los enfrentara diariamente
con su futuro.El capellán sueco J. Esslemont Adams se acerca a las
fosas alemanas y pide hablar con un oficial, al que le propone enterrar
a los muertos. El otro acepta de inmediato y hasta le ofrece al
escocés que dirija la ceremonia. Ellos no tienen ningún religioso,
sólo un estudiante de teología. Adams pregunta si el estudiante
conoce el Salmo 23, que es el que quiere recitar él. Por supuesto que
lo conoce. Bueno, entonces tomamos ése. En nombre de Dios.

Primero se separan las pilas de muertos por naciones, los ingleses para
el lado de los ingleses, los alemanes para el de los alemanes.
Después, sin fijarse en las naciones, se reparten palas entre los
soldados para abrir las tumbas. Anota el voluntario Eduard Tölke: "De
repente ocurrió algo único en la NML: nuestra gente ayudaba al
enemigo a enterrar a sus muertos". Luego, a la derecha los ingleses y a
la izquierda los alemanes, los hombres se colocan al costado de la gran
tumba, oficiales y soldados mezclados, se sacan sus gorros y recitan el
rezo del capellán Adams, primero en inglés, después en
alemán. El estudiante de teología traduce para sus camaradas.
Rezan todos juntos el Padrenuestro, cada uno en su idioma, y después
de un minuto de silencio intercambian apretujones de manos y vuelven a
cubrirse la cabeza.

El historiador norteamericano Stanlez Weintraub arriesgó una
interpretación en su libro Silent Night: sólo con "la
liberación de la NML de los muertos que yacían allí" se hizo
lugar para que se pudiera dialogar. Recién después del entierro,
sobre las tumbas, se pudieron superar los abismos. Sin los muertos no
habría habido vida en Navidad. Interrogado acerca de si, además
del credo en el nacimiento de Jesús, hubo otra fe religiosa como
motivación para la paz navideña, el historiador menciona una
pasión común: "El fútbol, que era la religión de la clase
trabajadora".

Juegos de guerra Para el día de Navidad, el suelo barroso está lo
suficientemente seco como para jugar. Para muchos, la verdadera historia
no es la de la tregua, la de la paz, sino la de un partido de fútbol.
Entre los ingleses, el fútbol era la actividad predilecta cuando
descansaban del frente en la retaguardia. No había rangos, se jugaba
con pelotas de cuero, que para muchos soldados del Reino eran parte
esencial del equipamiento de guerra. De arcos se usan un par de palos de
madera, gorros o cascos. Las pelotas vienen del lado de los
anglosajones. "Mandamos a uno con la bicicleta a nuestros puestos de
reserva a buscar la pelota", cuenta Harold Bryan de las Scottish Guards
en una carta a sus padres. Sin embargo, para él no es tan importante
el partido de fútbol, de por sí bastante alocado para una guerra,
sino un match de box entre un escocés y un alemán. "Se pegaron de
tal manera que tuvimos que pararlos." Obviamente, aunque no era para
nada obvio, todos rechazaron la propuesta de hacer un duelo entre un
inglés y un alemán, cada uno con un tiro en la pistola. "Al fin y
al cabo habíamos pactado un cese de fuego."

Donde no había una pelota, se usaba un pedazo de paja bien
aprisionada envuelta en alambre, de lo que había a montones. Como
chicos corrían tras sus curiosas pelotas, alentados por los que
miraban desde las tribunas/trincheras. Los que tienen cámaras
fotografían el Juego de Guerra. De algún lugar apareció una
pelota, recuerda Ernie Williams: "Armamos algunos arcos, dos fueron de
arqueros y después todos se pusieron a patear. Habremos sido un par
de cientos". Cientos juegan al fútbol entre los frentes, y cuando
alguien se cae en el barro, pues con uniforme y botas se hace difícil
mantener un juego elegante, lo ayuda a levantarse su oponente, que en
realidad es su enemigo. Pero sólo los profesionales pueden hacer
frente al piso congelado y lleno de agujeros. Pertenecen al así
llamado Footballers Battalion, porque la unidad reunía a los mejores
jugadores del Reino. Ganaban todos los partidos contra otras tropas,
hasta que la muerte los fue diezmando. Había oficiales ingleses
–y esto no es ninguna leyenda– que pateaban la pelota para
adelante y avanzaban en el campo de batalla seguidos por su equipo, o
sea su compañía. A veces incluso tenían éxito con estos
ataques, pues llegaban hasta las líneas enemigas antes de que los
alemanes salieran de su estupefacción y se decidieran a disparar.
Pero también pasaba a menudo que para el pateador ésta era la
última patada de su vida y que quedaba muerto junto a su pelota en el
No Man's Land. Que en ciertos lugares tuvieron lugar partidos en serio,
con referís y cambio de lado después del primer tiempo, y que la
victoria final de los sajones sobre los escoceses fue de 3 a 2, es una
leyenda. La alimentó con exactamente ese resultado Johannes Niemman
en sus anotaciones. En el diario de los fusileros de Lancashire fue
confirmada, los Fritzes le ganaron a los Tommys por 3 a 2 y el partido
se jugó con una lata de conservas vacía. Sólo que en
circunstancias normales, el tercer gol de los alemanes hubiera sido
invalidado: el reverendo Jolly, el eclesiástico del regimiento
inglés y referí del partido, no se dio cuenta de que el gol del
triunfo fue hecho en una clara posición adelantada. El puntero
izquierdo de los sajones lo reconoció después del partido:
había sido offside. Según otras fuentes, es el regimiento de
Bedfordshire el que perdió contra los sajones, pero el informe tiene
otro final: el partido tuvo que ser interrumpido cuando iba 3 a 2 porque
la pelota de cuero se clavó en la punta del alambrado de púa.

Segundo tiempo

En Wulvergem son los escoceses los que de pronto trepan de sus
trincheras con una pelota de verdad. Una pelota de cuero. Marcan los
arcos con aquello que llevan en la cabeza. Con sus gorros. Los sajones
de enfrente del regimiento 133 ponen sus cascos. A falta de referí,
todos se atuvieron a las reglas, cuenta un jugador alemán. El partido
dura una hora, luego están todos agotados. El piso sigue congelado y
surcado por grietas, lo que impide un juego preciso. "Muchos pases se
iban afuera." Así y todo, se juega. Pero la mayor parte de los
partidos planeados para hoy, el segundo día de Navidad, no pueden
tener lugar tan fácilmente como ayer. Tanto que se habían alegrado
de poder jugar el picadito. Algunos no logran conseguir una pelota a
tiempo.

Otros son interrumpidos por los oficiales, o directamente se les
prohíbe jugar. La guerra no es un juego. La guerra es una cosa seria.
Pero a pesar de todos los obstáculos, el Boxing Day (segundo día
de Navidad) se llena de fútbol. Incluso los franceses, que hasta hoy
callan la historia de la paz en el frente, jugaron ese día. En
algún lugar, el partido fracasa por el estado del campo de juego.
Mucho alambre de púa, mucha munición oxidada. Los oponentes
arreglan para limpiar el campo en los próximos días, llenar los
agujeros y jugar el partido en Año Nuevo. ¿Creían
verdaderamente que la paz iba a durar tanto tiempo? "Si se hubieran
repartido diez mil pelotas de fútbol por todo el frente y se hubiera
dejado jugar a los soldados", fantasea uno de ellos, "¿no habría
sido ésa una solución feliz? ¿Guerra sin derramamiento de
sangre?". "Qué furiosos habrían estado los generales y los
políticos", se imagina Leslie Walkinton, a sabiendas de que nunca
hubo una oportunidad real de paz en la Navidad de 1914, "si la gente
normal, los John Citizen de ambos lados hubieran decidido: okey, esto
fue todo, está húmedo, incómodo, frío, nos parece tonto, nos
vamos a casa". "La plana mayor del ejército", recuerda un belga,
"tenía miedo de que el ejemplo de la paz navideña hiciera escuela.
En Navidad habíamos experimentado y entendido que los del otro lado
eran hombres normales como nosotros, que estábamos hundidos en la
misma mierda y que todos teníamos miedo de la misma muerte, que nos
podía tocar a todos por igual. Eso une".

Un soldado alemán en su diario personal: "Los ingleses están
extraordinariamente agradecidos por la tregua, porque al fin pudieron
jugar al fútbol de nuevo. Pero la cosa ya se está poniendo
ridícula y debe lentamente llegar a su fin".

Al otro día, domingo 27 de diciembre de 1914, sube la temperatura. El
cielo se pone gris. Empieza a llover, hay tormentas, el nivel de agua en
las trincheras crece, el barro se pega a las botas. El escenario de la
NML se ve pronto tan desconsolado como hace un par de días. El
Intendente divino apaga las luces y deja su tierra de nuevo a los
hombres. No lo debería haber hecho.

El fin de la paz

Los Hampshires recibieron de los sajones de enfrente, cuando a éstos
les prohibieron el 30 de diciembre cualquier otro tipo de encuentros, el
siguiente mensaje de impotencia: "Queridos camaradas, les tengo que
informar que a partir de este momento tenemos prohibido reunirnos con
ustedes allí afuera. Pero nosotros seguiremos siendo siempre sus
camaradas. Si nos obligan a disparar, lo haremos siempre por arriba".

"Gentlemen –les escriben los sajones a sus enemigos–, nuestro
coronel ha ordenado reiniciar el fuego a medianoche. Es un honor para
nosotros informárselos." Entregan el mensaje a la tarde, cuando se
encuentran con los ingleses en la NML para la hora del té. Con el
clima lluvioso nada mejor que un té caliente, ¿y quién si no un
inglés para prepararlo bien? Los sajones llevan licor. Un año
después, Navidad, 1915: "Estuvimos patinando por el campo como arriba
de una pista de hielo y después jugamos al fútbol. Los alemanes
nos imitaron. Pero cada uno jugó entre sí, no unos contra otros".

Navidad, 1916: frente al quinto regimiento King's Liverpool en Ypres
algunos soldados alemanes trepan de sus trincheras, les desean a los
ingleses Merry Christmas y les proponen encontrarse a mitad de camino en
la NML. Major Gordon echa una mirada y ordena a dos de sus francotirados
que bajen a los alemanes. Ellos obedecen. Private Walter Hoskyn lo
vivió. En su diario personal dice: "Ese perro asqueroso... No fue un
acto digno de un británico".

Fuentes:

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-1133-2003-12-26.ht\
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